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La diferencia entre el dolor y el sufrimiento

Por Pablo Palmero

Cómo integrar la experiencia del dolor en la búsqueda de una mayor calidad de vida

En este artículo me centraré, desde una vertiente psicológica, en la experiencia del dolor. Partiendo de aquello que lo diferencia del sufrimiento, mostraré algunos aspectos que creo que pueden ayudar a comprender y reintegrar esta vivencia humana, necesaria para orientarnos en nuestro mundo social y personal.

Los humanos, como todos los seres vivos, disponemos de un criterio sencillo a la hora de tomar elecciones: buscamos el placer y huimos del dolor. A partir de aquí organizamos nuestras vidas. La sociedad, en tanto que está construida por nosotros mismos, también está regida por este criterio. Ello afecta la política, la religión, la filosofía, la medicina, la educación, la evolución tecnológica… Pero no es necesario profundizar mucho para darse cuenta de que lo que debería constituir una realidad organizativa y relacional no demasiado compleja a la hora de la verdad configura un telar muy barroco. Al acercarnos a la experiencia subjetiva de las personas podemos observar niveles de insatisfacción y malestar elevados: ansiedad, angustia, frustración, rabia, odio, represión, confusión, culpa, fuertes tendencias autodestructivas…

Dos experiencias distintas

A menudo confundimos dos experiencias que son cualitativamente distintas: el dolor y el sufrimiento. El dolor nos remite a una vivencia anclada en algún tipo de sensación concreta e identificable. Se trata de un fenómeno que realmente está presente para quien lo siente; está ocurriendo dentro de un espacio concreto, el cuerpo, y durante un tiempo determinado. El dolor, si atendemos a esta acepción, nos remite al presente. El dolor sólo se puede captar desde una sincronía entre las sensaciones y nuestra percepción.

Por otra parte, el sufrimiento se nutre y se ubica en el lugar contrario: en un tiempo y en un espacio distintos del momento presente, lo que a menudo induce a una distorsión de los mismos. Sufrimos por lo que ocurrió o por lo que creemos que ocurrirá, o bien por lo que creemos que está aconteciendo. El sufrimiento siempre está envuelto de cierto tipo de pensamientos y emociones y no puede existir sin éstos. Es el producto de una construcción mental, de una interpretación. Como decía Buda: el sufrimiento no es real.

Existe, lo vivimos, pero no es real; es lo mismo que ocurre con las películas.

Un ejemplo de esta diferenciación podría ser por un lado un dolor reflejado como unas punzadas en la zona del corazón; por otro, un sufrimiento en forma de hipocondría y un sentimiento de miedo y culpa que podrían llegar a desembocar en una crisis de ansiedad. Tenemos que ser conscientes de que ambas experiencias se alternan y de que fácilmente podemos escindirnos de una de ellas. Habitualmente es el dolor el que queda eclipsado; quedamos entonces expuestos a los movimientos emocionales e interpretativos propios de los estados de sufrimiento mental. El conocimiento de este hecho es fundamental para todos aquellos que sentimos la necesidad de ir más allá en la comprensión de las causas profundas de nuestro malestar.

Tenemos derecho a saber que insensibilizarnos por defecto ante el dolor supone cortar la comunicación con una inteligencia orgánica que nos habla de nosotros mismos. Una lógica en la relación con el propio cuerpo que parecemos haber olvidado.

Atracción por el sufrimiento

Convendría que nos planteáramos por qué los humanos tenemos un rechazo tan grande hacia el dolor en sí y a la vez parece que profesemos una pasión – atracción hacia el sufrimiento, al punto de haberlo constituido, casi diría, en una parte normalizada de la existencia. Como si humanidad y sufrimiento formasen un tándem indivisible y permisible.

Si observamos con detenimiento veremos que en el ámbito social casi todo nos conduce hacia este punto. Si consideramos el mensaje de la religión nos daremos cuenta de la grave disyuntiva interna a la que nos conduce. Por una parte nos dice que Dios es Amor; por otra, que Dios/Cristo sufrió por nosotros y que nuestro sufrimiento por los demás nos ofrecerá la vida eterna. Es decir, Dios nos ama a la vez que quiere nuestro sufrimiento. No escogerlo significa dirigirse directamente al infierno. Sin comentarios. Pero no es necesario ser religioso para estar igualmente sometido a las mismas creencias existenciales, seamos o no conscientes de ello. La filosofía que impregna la sociedad occidental, el paradigma mecanicista propio de la ciencia, nos habla de una gran explosión inicial y de un origen de la vida orgánica fruto de una casualidad fisio-química en un ‘caldo prebiótico’. Concibe al ser humano como producto de una evolución que denomina ‘evolución de las especies’, los fundamentos biológicos de la cual son los errores genéticos (mutaciones) y una selección natural a partir de la competencia y la lucha por los recursos: la ley del más fuerte. Desde este punto de vista los humanos somos unos seres perdidos en la inmensidad del Universo, y nuestra vida está sometida al caos de unas leyes insensibles y a la competencia entre nosotros mismos. Los medios de comunicación ayudan a avivar el fuego del sálvese quien pueda, con el constante bombardeo a través de asesinatos, accidentes, pandemias, catástrofes… El concepto de ‘realismo’, tanto en los informativos como en el arte, se asocia al desánimo existencial, al ‘no hay salida’. El pseudopositivismo, el culto a la belleza estética, los deportes de masas o el sexo son las ofertas milagrosas que deberían permitirnos ‘ir tirando’, pero en el fondo no son más que un mero dique de barro. Distraen, pero el miedo a ser aplastado por un Universo implacable lo impregna todo. La soledad y el caos parecen el origen y el único destino posible.

Quiero destacar que lo importante en este punto no es si estos planteamientos son ciertos o no, sino el panorama existencial que los envuelve.

Es evidente que podemos considerar, aceptar o incluso comulgar con esta filosofía, porque hay algo en nuestro interior diseñado para poderlo encajar, y no hablo sólo de las estructuras mentales, sino sobre todo de las emocionales, que son en el fondo las que nos mueven y las que gobiernan nuestros actos. Emocionalmente nos hemos tenido que construir desde la precariedad afectiva y esto nos hace sentir muy vulnerables. De pronto lo que creemos claro y establecido dentro nuestro desaparece; los estados internos nos llevan de un lugar a otro desestabilizando aquello que es vital para nosotros: el respeto, la confianza, la sinceridad, las relaciones de pareja o de amistad, el trabajo, los hijos… Es debido a esta situación emocional caótica y dominada por la inseguridad y la soledad que la visión de un Universo implacable se nos hace tan real.

Recuperar la autenticidad

Creo que es prioritario plantearse cómo salir de esta injusta situación, pero sin negar la evidencia: existe un dolor dentro de nosotros del que no somos conscientes.

Dolor y sufrimiento pueden ser considerados vasos comunicantes en el sentido de que con el incremento del rechazo o la negación del primero más fuerza gana el segundo. Si queremos ir más allá en nuestro proceso personal tenemos que asumir la responsabilidad de escoger entre la experiencia del dolor o la del sufrimiento, tener claro que cada decisión, consciente o inconsciente, lleva hacia un curso vital distinto.

Como decía al principio, el dolor tiene una cualidad que no tiene el sufrimiento: nos puede inducir a un estado de presencia, que es el único estado verdaderamente real. Poderlo percibir nos ofrece la oportunidad de aproximarnos a nuestra verdad personal. Sólo así podemos empezar una transformación auténtica.

No se trata, por supuesto, de aguantar; no hablo de una apología masoquista. Pretender vivir un dolor durante más tiempo del límite sostenible provoca inevitablemente un estado de lucha interna desde donde no es posible procesar conscientemente ninguna experiencia. Aguantar, pues, no tiene sentido. Hablo de algo que no nos permitieron y que ahora tampoco nos permitimos a nosotros mismos: poder sentir y liberar mediante la expresión lo que nos sucede, dejando que emerja el daño emocional profundo conectado con dicho dolor. Tampoco hablo simplemente de descargar un malestar de forma ciega y compulsiva hasta que se llene de nuevo el depósito y vuelta a empezar. Compartir el dolor es comunicar a alguien el mal manteniéndonos en el contacto suficiente con nosotros mismos y con el otro. Rompemos de esta manera la cadena que nos han impuesto en la que el dolor implica soledad. Esto es fundamental, porque desde la psicoterapia tenemos la evidencia de que el dolor más profundo se sitúa en esta zona. Es el dolor por la desnutrición afectiva, el dolor de la carencia y la agresión a nuestra identidad.

El hecho es que es posible transformar la relación con la propia parte oscura y que al recuperarla también nos recuperamos a nosotros mismos. Podemos reencontrarnos con el niño o la niña que fuimos, la espontaneidad y el enorme regalo de vivir con libertad lo que es ser humano, con nuestras grandezas y nuestras miserias.

Tel. de contacto: 972 270 981.

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